Julián Álvarez vuelve a escena. El nombre del delantero argentino, campeón del mundo y una de las joyas ofensivas más cotizadas de Europa, aparece una y otra vez en los pasillos del Camp Nou. Y aunque Joan Laporta trató de enfriar el tema en la tradicional comida de Navidad con la prensa, en el Barça nadie cierra la puerta a lo que sería uno de los fichajes más mediáticos desde la llegada de Neymar en 2013.
Porque el Barça necesita un nuevo nueve. Robert Lewandowski acaba contrato este verano y, aunque el club mantiene abierta la opción de renovarle, su continuidad con 37 años genera más dudas que certezas. La dirección deportiva planifica un relevo, y Ferran Torres ha cumplido, pero no basta para competir en Champions.
Haaland quedó descartado hace meses: renovación hasta 2034, coste prohibitivo, y operaciones inasumibles con el actual Fair Play. Harry Kane es otro sueño carísimo. En este contexto, aparece Julián Álvarez, 25 años, contrato largo y un perfil ideal: movilidad, gol, presión intensa y ADN competitivo. Además, argentino y fanático de Messi desde niño. Y eso, en Barcelona, pesa.
Pero no basta con quererlo. Deben darse una serie de condiciones complejas. Algunas internas, otras externas. Aquí están.
El nuevo accionariado colchonero, respaldado por el fondo estadounidense Apollo Sports Capital, ha inyectado músculo económico. Ya no es el Atlético necesitado de vender. Y eso complica mucho un traspaso.
Pero hay una rendija: si el equipo cuaja una temporada decepcionante, Julián podría pedir salir en busca de un proyecto ganador. El Barça confía en que el jugador quiera forzar la máquina. Sin su voluntad, imposible: su cláusula es de 500 millones y contrato hasta 2030.
Fuentes del entorno azulgrana reconocen que el argentino sigue viendo al Barça como objetivo sentimental. Jugar de azulgrana es un sueño desde su infancia. El vínculo emocional puede ser decisivo para presionar a su club y abaratar la operación.
No hay trampa posible: sin una gran venta, el club no puede afrontar una operación que rondaría o superaría los 100 millones de euros.
La salida de Lewandowski liberaría sueldo, pero no cuota suficiente para pagar el traspaso y registrar al argentino bajo la regla del Fair Play.
El club tiene claro que otro jugador “con cartel” tendría que salir. ¿Raphinha? ¿De Jong? ¿Araujo si no renueva? Sería una decisión impopular, pero inevitable para cuadrar números.
El Barça prevé cerrar la temporada actual con unos 60.000 espectadores en el Spotify Camp Nou provisional. Pero la clave llega en 2026-27: capacidad total por encima de 100.000 y explotación económica histórica.
El nuevo estadio generará un excedente que permitirá volver al 1:1 financiero y reinvertir en plantilla. El fichaje de Julián se financiaría en parte gracias a ingresos recurrentes de matchday, hospitality y explotación comercial.
El club acaricia ya la posibilidad, pero todo depende del cierre de balance y de las ventas mencionadas. La inscripción de un salario alto como el de Julián requiere margen inmediato.
El Barça planea ofrecer un contrato de 5 o 6 años, lo que permite amortizar contablemente el traspaso y equilibrar el impacto económico. Otra pieza clave para que la operación sea viable.
Sin presión directa del futbolista, imposible. El club catalán espera que el argentino exprese de manera interna su deseo de cambiar de aires, para que el Atlético se abra a negociar.
La operación es extremadamente complicada, llena de variables, dependiente de terceros y del propio jugador. Pero en Barcelona nadie cierra la puerta. Como resume un directivo azulgrana:
“Si el jugador quiere venir, lo intentaremos. No prometemos nada, pero no lo descartamos”.
Y ahí está la clave: el sueño de Julián Álvarez de vestir de azulgrana puede empujar una operación que hoy parece imposible… pero que mañana podría encender la ilusión del barcelonismo.
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