Hay partidos que no se miden en goles ni en asistencias, sino en sensaciones, en esa incomodidad permanente que un solo futbolista es capaz de generar en todo un estadio. Lo que hizo Lamine Yamal en Anoeta pertenece a esa categoría. Desde las semifinales europeas ante el Inter el pasado mes de mayo no se veía a un Lamine tan desatado, imaginativo y dominante, jugando como si el campo se le quedara pequeño y los rivales fueran simples figurantes en su espectáculo.
El extremo del Barça atravesó el partido como un ciclón creativo, firmando su actuación individual más impactante de la temporada y una de las más llamativas que se recuerdan en LaLiga este curso. Siete ocasiones de gol creadas, once regates completados de catorce intentos y una sucesión constante de acciones en ventaja que desarmaron por completo el entramado defensivo de la Real Sociedad. Números que no solo impresionan, sino que lo colocan en un territorio reservado a muy pocos.
Para entender la dimensión de la noche de Lamine hay que mirar atrás. Once regates completados y siete ocasiones creadas en un mismo partido no se veían en las cinco grandes ligas europeas desde que Neymar lo lograra en 2017 con el PSG ante el Guingamp. Ocho años después, un chico de 18 años, formado en La Masia y con cara de seguir jugando en el patio del colegio, replicó aquel registro con una naturalidad insultante.
En Anoeta, cada vez que el balón caía en su banda, el estadio contenía la respiración. Sergio Gómez, encargado de frenarle, nunca supo por dónde iba a salir. Lamine fue imprevisible, cambiante, eléctrico. Sumó 16 acciones ofensivas en campo rival, rompió líneas con el dribling y dejó destellos constantes de un talento que no responde a patrones. Hubo recortes secos, amagos imposibles, cambios de ritmo brutales y asistencias con trivela que no aparecen en ningún manual.
Incluso llegó a marcar y a provocar un penalti, aunque el VAR, siempre dispuesto a recordar que el fútbol moderno no entiende de romanticismo, anuló ambas acciones por fuera de juego. La exhibición no tuvo premio en el marcador, pero sí dejó algo más duradero: la sensación de que el Barça tiene en sus filas a un futbolista absolutamente diferencial, capaz de decidir partidos sin necesidad de cifras finales.
Las comparaciones con Neymar no son nuevas, pero en Anoeta dejaron de parecer exageradas. Jorge Valdano definió al brasileño con una frase que hoy encaja como un guante en Lamine: “Te regatea diez veces y las diez de forma distinta”. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Cada acción era diferente a la anterior, siempre creativa, siempre eficaz. No hay automatismos, no hay repeticiones. Todo nace de la intuición pura.
Paradójicamente, esta actuación llega en un contexto extraño. Lamine suma esta temporada 10 goles y 12 asistencias en 25 partidos, cifras notables para cualquier futbolista y extraordinarias para uno de su edad, pese a convivir con problemas de pubalgia que han condicionado su continuidad. Y aun así, el relato instalado alrededor de su figura apunta a que “no está en su mejor nivel”. Una percepción que dice más del entorno que del jugador.
La explicación es simple y cruel. Cuando Lamine irrumpió, todo era sorpresa. Cada regate era celebrado, cada destello era viral. Hoy, su talento se ha normalizado. Y cuando lo extraordinario se vuelve rutina, la exigencia se dispara. Se le pide que sea genial siempre, que marque diferencias cada tres días, que repita la versión de las semifinales contra el Inter de forma indefinida. Algo que no se ha exigido jamás ni a leyendas consolidadas, lo que se tiene claro es que Lamine no defrauda.
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