Hay futbolistas que se explican con estadísticas y otros que se entienden mirando el contexto. Raphinha pertenece a ese segundo grupo, al de los jugadores que cambian el estado de ánimo de un equipo incluso antes de tocar el balón. El Barça lo sabe. Hansi Flick lo sabe. Y el Real Madrid también. Por eso su presencia en la final de la Supercopa de España no es un detalle más, sino un factor decisivo.
El primer Clásico de la temporada dejó una herida abierta en el vestuario azulgrana. Un Barça mermado cayó en el Santiago Bernabéu en un partido marcado por las ausencias, y una de las más dolorosas fue la del extremo brasileño. Raphinha no llegó a tiempo, pese a que el plan estaba claro desde el primer día de su lesión: reaparecer ante el eterno rival. Flick lo veía como el revulsivo perfecto para dinamitar el partido en la segunda mitad, el jugador capaz de romper el ritmo, atacar espacios y elevar la intensidad cuando el cuerpo ya no responde igual.
Pero el fútbol no entiende de deseos. La recaída del brasileño en el tramo final de su recuperación frustró el plan y encendió el enfado del técnico alemán, especialmente porque Raphinha es el futbolista que mejor representa el carácter competitivo que Flick quiere imprimir a su equipo. El extremo estuvo 58 días de baja, se perdió 10 partidos y tuvo que ver desde fuera un Clásico que sentía como propio.
Desde entonces, todo ha cambiado. Raphinha regresó en la vuelta al Spotify Camp Nou ante el Athletic Club y, partido a partido, fue recuperando sensaciones hasta llegar a este momento en el mejor estado de forma de la temporada. No solo físicamente, también mentalmente. Porque cuando Raphinha se siente fuerte, se nota. Y mucho.
Los números hablan solos. Cinco goles en los últimos cinco partidos. Doblete en la semifinal de la Supercopa ante el Athletic, otro doblete en Liga frente a Osasuna y un tanto más en Villarreal. No son goles decorativos, son goles que pesan, que llegan en momentos clave y que reflejan a un jugador con hambre, con ambición y con una relación especial con las grandes citas.
El domingo tendrá un reto añadido: defender el MVP que conquistó la temporada pasada en la Supercopa. Aquella final fue uno de los grandes partidos de su carrera como azulgrana. El Barça de Flick arrolló al Real Madrid incluso jugando varios minutos en inferioridad, y Raphinha fue el gran protagonista con dos goles y una asistencia, una actuación total que marcó un antes y un después en su estatus dentro del equipo.
Su historial ante el Real Madrid refuerza esa sensación de jugador hecho para escenarios límite. Once Clásicos, siete victorias y cuatro derrotas, sin empates. Con Raphinha en el campo, el duelo siempre se decide. Además, ha firmado cinco goles y tres asistencias frente al eterno rival, cifras que confirman que no se esconde cuando el foco apunta directamente a él.
Pero reducir a Raphinha a sus goles sería quedarse corto. Flick lo considera una pieza estructural del equipo. Por su presión constante, su trabajo defensivo, su sacrificio sin balón, su capacidad para estirar al rival y su inteligencia para atacar los espacios. Es uno de esos futbolistas que hacen mejores a los demás sin necesidad de tocar el balón cada diez segundos.
Desde que llegó al Barça, su impacto ha sido enorme. 118 participaciones directas en gol, con 63 tantos y 55 asistencias, cifras que ya lo han colocado dentro del Top 50 de máximos goleadores de la historia del club. Un logro silencioso, poco celebrado fuera, pero muy valorado dentro del vestuario.
Paradójicamente, ese rendimiento no se ha traducido en reconocimiento individual. Su ausencia en galardones y equipos ideales ha generado incomprensión incluso dentro del club. “Parece una broma que Raphinha no esté en el once ideal de la FIFA”, llegó a lamentar Flick, que siempre ha defendido su peso real en el funcionamiento del equipo. El brasileño, lejos de entrar en guerras externas, ha encontrado su recompensa en algo mucho más simbólico: el Camp Nou coreando su nombre. Eso, para un jugador del Barça, es el mayor de los premios.
La final de la Supercopa no tiene la solera de otros títulos, pero sí tiene un valor emocional enorme. Un Clásico siempre lo cambia todo. Y Raphinha lo sabe. Sabe que el Barça no lo tuvo en octubre. Sabe que ahora sí está. Y sabe que este tipo de partidos son el escenario perfecto para seguir reivindicándose sin discursos ni quejas, solo con fútbol.
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