El ambiente en la expedición del FC Barcelona en Arabia no fue de indiferencia ni de simple seguimiento protocolario. Fue de expectación contenida, de miradas cruzadas y de una sensación compartida que flotaba en el aire incluso antes de que el árbitro pitara el final de la semifinal. El Barça quería al Real Madrid en la final. No por romanticismo, ni por marketing, ni por postureo competitivo. Lo quería por una razón mucho más simple y mucho más poderosa: revancha.
La plantilla blaugrana siguió el duelo entre el Real Madrid y el Atlético desde la intimidad de sus habitaciones, fiel al método de Hansi Flick, poco amigo de rituales colectivos fuera del césped. Algunos futbolistas se juntaron de forma informal, otros prefirieron vivir el partido en silencio, pero todos coincidieron en lo esencial. Cuando se confirmó la victoria blanca, la reacción fue positiva. No hubo gestos de preocupación ni comentarios incómodos. Hubo una certeza clara: este era el escenario que el vestuario quería.
La derrota en el Bernabéu (2-1) sigue muy presente. No como una herida abierta, sino como una cuenta pendiente. Aquella noche dejó sensaciones contradictorias en el Barça. El equipo compitió, tuvo fases de dominio, pero se fue de vacío. Desde entonces, muchas cosas han cambiado. El Barça ha crecido, se ha consolidado y ha encontrado una identidad reconocible bajo el mando de Flick. Ahora, la final aparece como la oportunidad perfecta para ajustar cuentas y hacerlo con un título en juego.

No es un detalle menor que este sea ya el sexto Clásico para Hansi Flick. Los números hablan solos y no necesitan adjetivos grandilocuentes: cuatro victorias y una sola derrota. Una estadística que refuerza la confianza del vestuario y que alimenta la sensación de que el alemán ha encontrado la fórmula para competirle al eterno rival sin complejos. Entre esas victorias destaca una especialmente simbólica: la final de la Supercopa de hace un año, un contundente 2-5 que supuso un punto de inflexión emocional y deportivo para el grupo.
El contexto actual refuerza aún más el optimismo blaugrana. El Barça llega a la final en pleno estado de forma, encadenando nueve victorias consecutivas en LaLiga, una racha que lo ha colocado como líder sólido en el ecuador del campeonato. No es solo una cuestión de resultados, sino de sensaciones. El equipo transmite seguridad, ritmo competitivo y una madurez que hace meses parecía lejana. Flick ha conseguido algo que en el Barça vale oro: regularidad.
En contraste, el Real Madrid llega a la final envuelto en dudas futbolísticas. Más allá del resultado en la semifinal, el equipo blanco no termina de ofrecer certezas en su juego. La irregularidad se ha instalado en su día a día y el Clásico aparece como una prueba de fuego para un proyecto que todavía busca estabilidad. En el entorno blaugrana se percibe con claridad: es el momento de golpear.
Dentro del vestuario culé hay una mezcla peligrosa para cualquier rival: confianza y hambre. Confianza por lo construido en los últimos meses y hambre por lo que quedó pendiente en el Bernabéu. Nadie lo dice en voz alta, pero el mensaje es claro. Esta final no es una más. Es el primer título de la temporada, sí, pero también es una declaración de intenciones. Ganar significaría reforzar el proyecto de Flick, enviar un mensaje al campeonato y consolidar una jerarquía emocional que el Barça quiere recuperar definitivamente.

Además, el escenario acompaña. Una final, un título en juego y el rival de siempre enfrente. No hay distracciones ni matices tácticos que oculten la realidad. Es fútbol en estado puro. El Barça siente que llega mejor, que juega mejor y que ha aprendido de sus errores. Y eso, en un Clásico, es un arma poderosa.
El propio Flick lo ha transmitido internamente con su habitual calma. Sin discursos épicos ni frases para la galería. El alemán cree en la preparación, en el orden y en la ejecución. Pero también sabe leer el contexto emocional de su plantilla. Sabe que este partido puede marcar el tono del resto de la temporada. Un triunfo reforzaría la moral antes de un calendario exigente y confirmaría que el Barça no solo compite, sino que manda.
La final se presenta, por tanto, como algo más que un partido. Es una oportunidad para cerrar círculos, para transformar una derrota reciente en un impulso definitivo y para demostrar que este Barça ha dejado de mirar atrás. La revancha está servida, el escenario es inmejorable y el vestuario lo tiene claro. Ahora solo falta una cosa: que el balón confirme lo que la sensación ya anuncia.




