Hay decisiones que, con el paso del tiempo, adquieren una dimensión casi legendaria. Movimientos que no solo alteran un mercado, sino que redefinen una era entera. En la historia reciente del baloncesto español, pocas elecciones individuales han tenido un impacto tan profundo como la que tomó Jaycee Carroll en el verano de 2011, cuando tuvo que escoger entre vestir de azulgrana o de blanco. Eligió al Real Madrid. Y el resto ya no es historia: es trauma competitivo para el Barça.
Porque lo que muchos no saben, o prefieren olvidar, es que Jaycee Carroll estuvo muy cerca de fichar por el FC Barcelona. Tan cerca que hubo una oferta formal encima de la mesa. Tan cerca que el propio jugador reconoció, años después, que el dinero no fue el problema. El obstáculo fue otro, mucho más simbólico y devastador para la narrativa azulgrana: Juan Carlos Navarro.
Carroll lo explicó sin rodeos en una entrevista concedida a Tirando a Fallar. Con la serenidad del que ya ha colgado las zapatillas y no tiene nada que demostrar, el escolta estadounidense dejó una frase que todavía resuena en el Palau: “El Barça me ofrecía más dinero, pero con Navarro no veía mi hueco”. Una confesión tan simple como demoledora.
En aquel momento, Carroll venía de firmar una temporada histórica con el Gran Canaria, donde se había proclamado máximo anotador de la ACB y había entrado en el mejor quinteto del campeonato. Tenía 28 años, estaba en plena madurez deportiva y era, sin discusión, el mejor tirador del país. El Barça dominaba el panorama nacional y europeo tras haber ganado la Euroliga en 2010, y parecía el destino lógico para cualquier estrella. Pero el vestuario azulgrana tenía jerarquías muy marcadas. Y una de ellas era intocable.
Navarro era el alfa y el omega del ataque culé, el referente absoluto, el jugador alrededor del cual giraba todo. Para Carroll, eso significaba minutos inciertos, un rol secundario y una adaptación forzada. En el Real Madrid, en cambio, el escenario era radicalmente distinto. Un proyecto en construcción, hambre de títulos y una promesa clara: ser una pieza central.
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El Madrid le ofreció tres años. El Barça, más dinero. Carroll eligió el contexto deportivo. Y esa decisión, aparentemente lógica y personal, acabó provocando un cambio sísmico en el baloncesto español.
La llegada de Carroll y Rudy Fernández en aquel verano de 2011 marcó el inicio de la era de Pablo Laso, una etapa dorada para el Real Madrid que coincidió, casualmente o no, con el progresivo declive del Barça como dominador absoluto. Durante diez temporadas, Carroll se convirtió en una pesadilla recurrente para el conjunto azulgrana, castigando desde la línea de tres con una frialdad quirúrgica.
Los números explican parte del fenómeno, pero no todo. 709 partidos oficiales, el extranjero con más apariciones en la historia del club blanco. 20 títulos, incluidas dos Euroligas. Pero sobre todo, momentos icónicos. Triples imposibles. Rachas inverosímiles. Silencios sepulcrales en pabellones rivales. El lanzamiento sobre la bocina en la final de la Liga Endesa de 2019 ante el Barça o los 11 puntos consecutivos en la final de la Euroliga de 2015 forman parte del imaginario colectivo del madridismo… y de las pesadillas del barcelonismo.
Lo más cruel de todo es que nada de eso habría ocurrido si el Barça hubiera tomado otra decisión. Si hubiera imaginado un encaje diferente. Si hubiera apostado por una convivencia complicada pero potencialmente devastadora. Pero no lo hizo. Prefirió la continuidad, el respeto a las jerarquías y la comodidad del statu quo. El Madrid, en cambio, apostó por el talento sin miedo.
Con el paso del tiempo, Jaycee Carroll no solo se convirtió en una leyenda blanca, sino también en uno de los grandes “y si…” de la historia del Barça. Un jugador que pudo vestir de azulgrana y acabó siendo uno de sus mayores verdugos. Un fichaje que no se hizo y que, paradójicamente, lo cambió todo.
Porque a veces, en el deporte, no fichar también es una decisión. Y algunas se pagan durante una década.
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